domingo, 7 de julio de 2013

Recreo: Decidir en el acto

Por Laura Sarramida de Argentina (Ayacucho, Buenos Aires)
Las despedidas de año nos llevan a un mundo de emociones confusas y entremezcladas. Allí están ellos: nuestros alumnos, inquietos y ansiosos por la llegada de su momento, aguardando la entrega de diplomas.
Ésta es la historia de un ciclo muy especial para mi trabajo como profesora, y quiero narrar aquí la despedida de cinco jóvenes de los que solemos llamar “conflictivos”, “interdisciplinados”, “problemáticos”, o con palabras más o menos acomodadas a nuestras conciencias pedagógicas, que se perturban ante casos como éstos.
El pequeño grupo tenía sus códigos internos y sus pautas comunes: asistían poco a clases, vivían en el mismo barrio periférico, fumaban, provenían de familias disfuncionales, y amaban por sobre todas las cosas el único género de música que los identificaba: la “cumbia villera”.
Lo paradójico fue que esto último me permitió llegar a ellos. Al principio parecía imposible lograr un canal de comunicación entre nosotros, pero el tiempo y la paciencia me demostraron lo contrario. Cuando se es docente joven una cree que todas las respuestas las puede hallar en los libros. ¿Qué libro podía darme la receta para esto? Los chicos me enseñaron que la mejor manera de comunicarse para lograr el proceso educativo es mostrarse como persona antes que nada. Fue así que nuestras clases se volvieron atípicas: trabajando sentados en el patio, en el aula con mate de por medio o escuchando de fondo cumbia villera.
Hoy me siento parte de este grupo: veo cómo se van, y sé que un poquito de mí se irá con ellos. Sus sonrisas amplias esperando recibir el diploma me muestran el sentimiento que compartimos en un instante tan mágico. Tratar con ellos, convivir con sus ilusiones y sus fantasmas, ver que ahora se les entreabre una puerta al futuro, es para mí una enseñanza de vida que no tiene precio. Y aunque todo está guardado ya en ese rincón del alma donde se llevan las experiencias indelebles, ahora repaso sus gestos, sus nombres, sus historias:
Pedro: Pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en el campo. Su cuerpo robusto, su caminar lento y sus pequeños anteojos hacían de él un adolescente introvertido y hosco, que con bastante frecuencia estallaba demostrando su carácter por medio de la violencia física y verbal.
Manuel: Baja estatura, pelo largo e inalterable vocación por las peleas. Ocultaba su mirada y sus sentimientos bajo una gorra de visera. En clase siempre creí que no prestaba mucha atención, pero me demostraba con sus respuestas que estaba equivocada.
Marisa: muy delgada y de grandes ojos verdes, observaba silenciosamente a sus compañeros. Tenía dificultades para establecer una buena comunicación con cualquier persona.
Carolina: Las pocas veces que asistía al colegio llegaba drogada. Siguió todo el año un tratamiento psiquiátrico que no la puso a resguardo de sus adicciones. En rigor su verdadera terapia era contarle una y otra vez a los compañeros lo disgustada que estaba con su vida.
Lorena: Líder de grupo. Siempre tenía dinero para comprar golosinas a sus amigos (tal vez una forma de comprar el amor que le hacía falta). La paradoja es que algunos decían que “vendía” otra clase de amor y poco antes del diploma de egresada recibió su diagnóstico de embarazo.
Ya va a comenzar el acto. Mis colegas y yo estamos tensas, orgullosas y melancólicas a la vez. Hemos dejado mucho esfuerzo entre las paredes de las aulas, como venimos haciendo año tras año en distintos colegios.
De un momento a otro mis alumnos estarán en el escenario: se ganaron el derecho a esa esperanza que les van a entregar. ¿Qué harán con ella al enfrentar la vida? ¿Qué hará la vida con la esperanza de ellos? ¿Valió la pena tanto insomnio, tanto desgaste y tanto sobreesfuerzo?
Ahora suenan los primeros acordes del Himno Nacional. Yo sé que todos los docentes del colegio sentimos cosas parecidas. Lleno de aire mis pulmones (es casi un gran suspiro que dispone a cantar) y una lágrima que venía desde lo más hondo me sale con la primera estrofa. Es muy probable que no volvamos a ver a esas chicas y muchachos que se llevan nuestros mayores desvelos. Pero sus miradas de cariño nos hacen decidir en el acto: cuando vuelvan a comenzar las clases estaremos aquí.

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